Una vivencia post Huracán Félix: MI EXPERIENCIA ALLÁ POR EL TRIÁNGULO MINERO

Martha I. Mendoza Balladares*

El pasado 04 de septiembre de 2007 el Huracán Félix impactó directamente en la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN), de Nicaragua. Los efectos de este fenómeno son dramáticos. Se estima que aproximadamente 200.0 mil personas han sido afectadas. Hay daños en la economía de estas personas, en los ecosistemas de la región; en fin en toda la vida de la región. La vida de estas personas ha cambiado de manera violenta. Para muchas personas la vida también cambió.

En Managua, el 07 de septiembre un grupo de personas fueron llamadas para en evento de capacitación en aplicación del instrumento conocido como Evaluación de Daños y Análisis de Necesidades (EDAN) versión Red – Lac. Se estaba organizando un contingente para participar en el esfuerzo de la respuesta humanitaria. Entre ellas, participó Martha I. Mendoza , quien participa en el Curso Básico Regional para la Gestión de Riesgo, en calidad de becaria. Ella labora en CISAS, organización miembro de la Mesa Nacional para la Gestión de Riesgo (MNGR).

“MI experiencia personal – afirma Martha Mendoza - fue también en grupo. La visita a las comunidades del Triángulo Minero – ubicado en la RAAN - en el pasado mes de septiembre tras el paso del Huracán Félix, constituyo sin duda una experiencia realmente fortalecedora”.

“Nuestra misión era evaluar daños, - sin embargo, afirma Martha Mendoza - resultó imposible para mi no ver más allá, la esperanza, las sonrisas, el llanto, la paciencia, la ansiedad, el desamparo, el deseo de levantarse, las dudas, en fin todo lo que era posible identificar en el rostro y las palabras de las personas que sufrieron la furia de la naturaleza. Sin embargo, en medio de todo estaban ahí con ganas de seguir, luchando contra el hambre y la desesperanza que les dejó el huracán Félix. Era una lección de vida para todos los que nos quejamos de las tonterías cotidianas, para los que hemos despreciado un alimento porque esta un poco salado o porque estamos aburridos de lo mismo. Ahora da vergüenza pensar en esos momentos”.

Y agrega: “Tras ver con nuestros propios ojos, las cosechas perdidas, las casas destruidas y semidestruidas, la falta de atención, los albergues sin las más mínimas condiciones, los niños y las niñas llorando, sin ropita, descalzos y aferrados a su madres buscando protección, el sentimiento de impotencia era terrible. Me detengo a pensar que solo íbamos a evaluara daños, pero como hacer para no desear profundamente tener una varita mágica que resolviera todos esos problemas que no tienen tiempo para esperar. También fue duro dar la espalda a cada comunidad cuando terminaba de llenar la ficha y pensar que mi llegada era como una esperanza más para ellos y ellas”.

La gente tiene una fuerza impresionante, - son mis reflexiones, ahora con más calma - una espíritu de lucha y sobrevivencia que marca y sobre todo que te fortalece. Te llenás de ese espíritu, te anima cada sonrisa recibida y nos rellenaban las ganas de seguir cada niño o niña corriendo con una alegría inventada por sus inocentes corazones. Ahí se ama la vida y gracias a eso era que todavía hay fuerzas y esperanza. ESPERANZA de que? Si la ayuda no llega, si el hambre es cada vez mayor, si no quedo nada de sus cosechas, si muchos no tienen ahora nada de lo que les costo tanto construir, pero hay esperanza de que todo quedara en el recuerdo y que se van a levantar como tantas veces lo han hecho, es el amor a la vida, es una de mis conclusiones”.

Dice Martha: “Muchos de nosotros y nosotras talvez ya la hubiesen perdido, sintiéndonos desdichados, castigados y martirizados, pero ellos no. Eso si que es fortalecedor, es una invitación para descubrir el sol que brilla todos los días a pesar de los obstáculos y las terribles dificultades que podemos vivir”.

“Vi tantos rostros en Españolina (comunidad de Bonanza), Okonwas, Wasminona, California, el Black, Riscos de Oro y en el albergue de Las breñas donde estaban además los pobladores del Danto I y el Pollo (todas comunidades de Rosita) donde no quedó absolutamente nada. Sencillamente, todas esas personas con deseos de vivir. Nada, así de simple, sólo el deseo de vivir”, es la reflexión de Martha Mendoza.

“Quería regresar a mi casa extrañaba a mi nena, a mi familia, pero si me propusieran repetir la experiencia, con todo el gusto del mundo. Por personas con esas ganas de salir adelante, por supuesto que sí. la fortalece que te deja esta experiencia te permite seguir, y seguir como un mejor ser humano conciente y sensibilizado, lo que tiene un valor incalculable para mí, pues es mi compromiso de educar de esa manera”.

“Cuando me pidieron que contara mi experiencia tras esta visita, - Dice Martha Mendoza - se me ocurría hacerlo de muchas maneras, pero finalmente decidí escribir tal y cual me salieran las palabras, recordando lo inolvidable. Recordé desde el largo viaje de ida viendo paisajes inimaginables, Ríos preciosos de nuestra Nicaragua, hasta la llegada a Siuna cansados y ansiosos por lo que íbamos a ver. Iniciamos con el ánimo característicos de los que sentimos que llegamos a ayudar, pero a uno lo invade el sentimiento de que llegas a nada por que no llevas nada en las manos, aunque sepamos que es necesario hacer lo que hicimos ahí, te sentís desarmada cuando miras tanta necesidad y descubrís que sos uno más preguntando ¿Cuánto se perdió?, pero bien, íbamos a evaluar daños y hizo hicimos”.

Era doloroso todo, desde el bosque destruido hasta los rostros expresando sus necesidades y como era todo antes de que el Félix pasará. Aprendí mucho, la gente con esas ganas de vivir te enseña que la vida es dura y que hay que intentar vivirla de la mejor manera posible, sorprendía la solidaridad interna de las comunidades, se presentan desde tierras para que cultiven los que no tienen y llegan al punto de darse techo entre sí, sean o no de la misma familia, esa gente si conoce el concepto de solidaridad.

Aprendí de ¼ de manzana, a sumar parcelas y tareas de tierra, para calcular daños, nombres de ríos, comunidades que no imaginaba que existían, fue realmente excelente la experiencia, aprendí mucho. Me entristece profundamente el riesgo social al que están expuestas estas familias en albergues. Niños muy chiquitos dejados a veces solos pues sus madres tenían que ir a lavar al río, otras los dejaban en las casas y se venían al albergue a ver que llegaba, no están separados ni por familias, todos y todas juntos, viviendo la desgracia. Los que están en sus casas están en condiciones inseguras.

Además la desesperación puede provocar miles de cosas, ya estaban pensando en poner tranques a los camiones que llevan ayuda a Puerto Cabezas, así nos pusieron uno a nosotros en el Albergue de la comunidad California, bajaron los colchones, sábanas y mosquiteros que andábamos, pero para nada nos agredieron yo no me sentí nunca agredida.

Estarán en condiciones menos seguras hasta que no se inicie un proceso real de reconstrucción y eso es preocupante pues la inseguridad da paso a miles de cosas más. El riesgo se ha incrementado, no es solo la naturaleza la que amenaza sino también, las condiciones y factores que favorecen situaciones de violación de derechos, que limitan el derecho a la educación ya limitado en las comunidades, entre otras cosas. La salud por allá es un lujo, los centros de Salud si es que hay no cuentan con nada de medicinas, ni siquiera con personal, los visita un enfermero dos o tres día s a la semana.

Bien son muchas cosas las que podría decir, pero lo importante es que existe capital humano para la recuperación y que todos desde niños hasta ancianos tienen la esperanza de continuar.

Solo los invito a agradecer por lo que tienen, a compartirlo y darle el uso adecuado a las cosas, no cuesta, solo tenemos que aprender que cuando desperdiciamos algo, reducimos la posibilidad de que llegue a quien lo necesita realmente.

*MARTHA I. MENDOZA BALLADARES
Educadora del Centro de Información y Servicios de Asesoría en Salud (CISAS), y Becaria del Curso Básico Regional para la Gestión de Riesgo, que se desarrolla con el auspicio de Oxfam.